Yennayer: Marruecos celebra su identidad amazigh

A 80 kilómetros al sur de Agadir se alzan las murallas rojizas que el sultán Mulay Hassan mandó construir a finales del siglo XIX para afianzar su autoridad sobre las tribus bereberes del sur de Marruecos. Difícilmente podía imaginar que aquellos muros de adobe que rodean la medina de Tiznit —unos 7.000 metros de longitud y 8 metros de altura— servirían hoy de telón de fondo a una festividad que reivindica la identidad amazigh, el nombre con el que se autodenominan los pueblos bereberes.

Entre el 10 y el 14 de enero, Tiznit se suma a otras ciudades del norte de África en la celebración de Yennayer, el año nuevo amazigh, que rememora el ascenso al poder de Sheshonq I, el faraón libio que conquistó Jerusalén. Según la tradición, su llegada al trono dio lugar a tres días de festejos, considerados el origen simbólico de las conmemoraciones actuales, que marcan el inicio del año 2976 en el calendario amazigh.

Para el Instituto Real de la Cultura Amazigh (IRCAM), fundado por el rey Mohamed VI en 2001, Yennayer se ha convertido en “una ocasión anual que dinamiza la creación cultural amazigh en sus diversas expresiones”. La decisión anunciada por el rey de Marruecos el 3 de mayo de 2023 de declarar el año nuevo amazigh festivo nacional oficial supone un paso clave en el reconocimiento institucional de la cultura bereber como uno de los pilares de la identidad marroquí.

Según Mohamed Moukhlis, investigador del IRCAM, “esta decisión real ha puesto fin a décadas de negación de la identidad y de la historia. Constituye una revolución por su alcance simbólico y su impacto social e institucional, al rehabilitar un fragmento milenario de la historia colectiva y desmontar el mito que reducía la historia del Reino a apenas diez siglos”.

Este reconocimiento oficial se refleja hoy en una celebración mucho más compartida por la ciudadanía, en la que participan tanto hablantes de tamazight (24,8% de la población según el último censo) como hablantes de árabe marroquí, conocido como dariya. Para Moukhlis, “los marroquíes se reencuentran ahora con sus raíces milenarias y se activan, sin complejos, para promover su lengua y su cultura”.

En Tiznit, las calles estrechas y las plazas del centro se llenan estos días de músicos, bailarines y artesanos venidos de toda la región de Sus-Masa, un cruce geográfico estratégico delimitado al norte por el Alto Atlas, al oeste por el océano Atlántico y que se extiende hacia el este y el sur por el Anti-Atlas hasta los confines presaharianos. Al caer la tarde, los espacios históricos de la ciudad, como la kasbah, se transforman en escenarios vivos que atraen a vecinos y visitantes para sumergirse en el pulso de la fiesta: espectáculos artísticos y patrimoniales, talleres de lectura y caligrafía, exposiciones artesanales, artes culinarias y veladas musicales improvisadas. También los hogares se convierten en espacios de reunión con comidas familiares donde resuenan los cantos, los laúdes, las cuerdas frotadas y la percusión; salvo cuando las llamadas a la oración, por un instante, lo detienen todo. La medina es un estallido de olores y colores, de voces y sonidos, de mujeres con coloridos vestidos y profusión de adornos en tocados y colgantes, de corros de espectadores que aplauden rítmicamente la música de los iderraben, de adolescentes que corren tras los personajes enmascarados del carnaval Imaachar; un lugar de orgullosa reivindicación cultural.

Yennayer no es una reconstrucción folclórica, sino un reencuentro con la tierra y con la memoria colectiva, una fecha que marca el inicio de la temporada agrícola y conserva una profunda carga simbólica: refleja el arraigo y la diversidad del tejido cultural marroquí y la voluntad de afirmar el carácter vivo de la identidad amazigh. Para el investigador del IRCAM, la consagración real ha dado un «nuevo aliento» a la fiesta, asegurando su perpetuación.

Los nuevos vientos que soplan en Marruecos anuncian un giro positivo para la cuestión bereber, superando tanto la sombra del colonialismo europeo de la primera mitad del siglo pasado como los excesos del nacionalismo árabe, que entre los años cincuenta y noventa limitaron su desarrollo y reconocimiento.

Las murallas del sultán Mulay Hassan dan la bienvenida al año nuevo con sus puertas bien abiertas. Ya no son un fortín frente a la amenaza de los pueblos bereberes del sur, sino un baluarte del patrimonio inmaterial de los imazighen (plural de amazigh). Pese al paso del tiempo, los muros de Tiznit todavía cumplen una de sus funciones originales: la arena del desierto arrastrada por los vientos del sur se queda fuera… como la intolerancia cultural.