En búsqueda de los orígenes de la marroquinería. En el principal centro religioso y cultural de Marruecos, la industria del curtido se debate entre progreso y tradición. A la espera de modernizaciones, las calles de Fes siguen acogiendo el proceso completo de transformación de la piel. Alimento para miles de artesanos y atracción indiscutible para turistas, la “Atenas de África” intenta mudarse de piel sin perder su identidad.
Albert Bonjoch
Son pasadas las 11 de la mañana y el rey de Marruecos, Mohammed VI, acaba de sacrificar a una oveja por televisión. En el salón de una familia en la vieja medina de Fez, Ahmed me anuncia que “es la hora”. Este padre de familia numerosa me acompaña a su terraza para festejar junto a familiares y amigos la gran fiesta del calendario islámico, “Aid al Adha”. Aunque la mañana es brumosa, se distinguen los minaretes rodeados por otras terrazas con otras familias y otras ovejas balando. Fez está de fiesta, Ahmed está listo. Afila los cuchillos, reza unos versículos del Corán, degüella la oveja y deja brotar la sangre mientras los niños observan perplejos cómo el animal paletea todavía, buscando quizás el perdón divino.
“En esta fiesta conmemoramos el sacrificio de Abraham”, me comenta Ahmed mientras sus dos hijos cuelgan al animal con la cabeza mirando a La Meca; “Alá ordenó a Abraham que sacrificara a su hijo Ismael, pero cuando estaba a punto de sacrificarlo, Alá lo aturó e hizo que sustituyera a Ismael por un cordero”.
Tras arrancarle la piel y vaciarlo por dentro, empieza el trabajo de las mujeres; preparan los intestinos, chamuscan los pies y empiezan a distribuir las primeras brochetas de hígado envuelto con grasa. Ahmed sonríe, se acerca y me dice: “Mi mujer preparará la piel, será una alfombra perfecta para tu casa, inchallah (si Dios quiere)”.
En la calle se improvisan hogueras en las pocas plazas que nacen del laberinto de callejones de la vieja medina, uno de los mayores emplazamientos medievales del mundo. No muy lejos de la mezquita de Qarawiyyin, la que fue la primera universidad de la historia del mundo occidental, se acumulan los restos carbonizados de los animales.
Me dirijo al barrio andaluz, refugio de muchos musulmanes huidos de España en el siglo IX, cuna desde entonces de artesanos y mercaderes. Allí me encuentro con Abdul, rodeado de pieles ensangrentadas que se acumulan ya por decenas. “Las compramos a la gente a 30 dirhams (3 euros)”, me comenta. Este joven comerciante conoce bien el negocio, le viene de familia: “Desde adolescente ya estaba trabajando, luego me fui a España, pero volví cuando me quedé sin trabajo”.
Además de la dimensión religiosa, la Fiesta del Cordero supone para comerciantes como Abdul una importante fuente de ingresos. También los agricultores se ven beneficiados de la venta masiva de animales, más de 5 millones de cabezas vendidas solo en Marruecos.
Acompaño a Abdul a descargar las pieles a orillas del río que atraviesa la ciudad. Un olor nauseabundo me da la bienvenida. En plena calle se amontonan las pieles a la espera de un primer remojo, mientras siguen llegando nuevas piezas a lomos de caballos. El espectáculo es asombroso. Pellejeros descalzos corretean entre puentes y pasarelas, aporreando y restregando las pieles para quitarles restos de carne y grasa.
“Se tienen que pasar las pieles por una solución de cal y agua para quitarles los pelos”, comenta Abdul. Me lleva entre pasillos resbaladizos y chozas destartaladas hasta un patio interior poblado por numerosos piletones circulares de ladrillo; estamos en el corazón de las tenerías Chouara. Sin lugar a dudas, una de las rarezas más extraordinarias de la ciudad: un hormiguero de trabajadores de la piel, al aire libre, en unas instalaciones del siglo XIII que siguen funcionando con métodos de trabajo similares a los de hace cientos de años. El olor es todavía menos soportable.
Pese a ser festivo, los más pobres acuden al trabajo. Fez atrae numerosa mano de obra barata procedente del campo y de las montañas a su alrededor. Es ya la segunda ciudad más poblada del país. “Un trabajador puede llegar a ganar 100 dírhams al día (10 euros)”, me aclara Abdul; “muchos empiezan desde niños”.
Las condiciones de trabajo no parecen nada atractivas: pocas medidas de protección, jornadas de más de 9 horas, contacto directo y constante con productos tóxicos y baños de agua fría en pleno invierno. Observo hipnotizado el enjambre de colores, hedores y sonidos. “En estas pilas dejamos macerar las pieles en excrementos de paloma durante un día”, señala, “y aquí las lavamos con trigo durante dos noches para quitarles los olores. El curtido se hace con corteza de mimosa durante 4 días. También se tienen que curar con sal, pero los tiempos varían según si es piel de oveja, de vaca o de cabra”.
A pocos metros, un raquítico curtidor se introduce hasta la cintura en una fosa llena de agua turbia para amasar las pieles con sus pies descalzos. Seguimos avanzando, entre piscinas orladas de sal, hasta unas escaleras que nos conducen al terrado de un almacén. Las vistas de las curtidurías son todavía más sugestivas: los colores de los pozos cobran más fuerza, como una caja de acuarelas; el revoloteo de los artesanos se convierte en un movimiento mecánico, casi armónico. Desde la azotea se distinguen las cubas donde se tiñen las pieles y las terrazas donde se las expone al sol.
“La mayoría de las pieles se transporta a lomos de burros hasta las colinas a las afueras de la ciudad, donde se las deja secar”, me dice; “luego solo quedará engrasarlas para que sean brillantes. Se raspa la piel y se afina. ¿Te apetece un té?”.
Atravieso los callejones donde los comerciantes venden el cuero por piezas a grito pelado. Flanqueado por un minarete, descubro el interior de un viejo funduq, un antiguo albergue destinado a las caravanas de comercio, donde tiene su taller uno de esos experimentados artesanos del cuero que abundan por la ciudad. Le llaman Malik, el rey, por su apellido parecido al del monarca de Marruecos. Es un hombre de manos grandes y voz jadeante: “Llegas a tiempo para el té”, me espeta.
Me conduce a través del patio interior a un pequeño habitáculo donde media docena de artesanos descansan tras una larga jornada laboral. Su humildad es reconfortante. Solo hay hombres. Aunque la mujer empieza a entrar en el mundo laboral, hay profesiones que siguen siendo exclusivamente masculinas. “Hoy ya hemos trabajado bastante”, comenta mientras añade a la tetera un terrón de azúcar del tamaño de un puño.
La televisión está encendida: imágenes del hadj, el peregrinaje que año tras año millones de musulmanes emprenden hacia la ciudad de La Meca y que constituye uno de los cinco preceptos fundamentales del islam. En un rincón de la sala, el más joven del grupo prepara kif, una mezcla de tabaco y hoja de cannabis picada. “Será para toda la semana”, me dice mientras enciende una pipa alargada de madera, como una de esas flautas chinas de caña de bambú. La droga proviene del Rif, una región montañosa del norte del país donde se cultiva la mayoría de la marihuana que se vende a Europa.
Malik sirve el té. Demasiado dulce, por supuesto, pero empiezo a entender por qué los marroquíes prefieren el té con menta. El frescor que desprende la bebida ayuda a olvidar los olores violentos que emergen de los barrios aledaños a las tenerías. Le pregunto por su trabajo. “Hay que estar relajado”, me contesta. Agarra un cúter y empieza a tallar un pedazo de cuero olvidado al lado del cenicero con una serenidad tremendamente veloz; “así es mi trabajo”.
Me muestra varios instrumentos de guarnicionería: un cúter, una ruedecilla dentada, un matacantos, una regleta de metal, cola, un punzón, un gramil, así como una gran variedad de cuero. “Si Fez tuviera piel, ya la habríamos arrancado y transformado en cinco bolsos, zapatillas y cinturones”, me responde cuando le pregunto qué tipo de piel define mejor a la ciudad.
Uno de los artesanos nos avisa de que la telenovela egipcia va a empezar. Vuelvo a las calles infinitas de la ciudad imperial, heredera de la cultura andalusí y cuna del antiguo imperio jerifiano. Ya empieza a anochecer. Me cruzo con familias con sus mejores vestidos, asnos cargados de basura, hombres solitarios bajo sus chilabas (túnica típica marroquí), partidas improvisadas de cartas, carritos ambulantes de caracoles y de cucuruchos de garbanzos, cafés atestados de hombres que permanecen horas en una terraza siguiendo el fútbol, mujeres enveladas comprando frutas y verduras, puestos de pasteles bañados en miel, ciegos mendigando y filas de turistas haciendo disparar el flash porque las calles del zoco, mercado, están demasiado oscuras.
“Babuchas a buen precio, amigo. Todo artesano”. Sigo andando, hasta que un nuevo comerciante pide turno: “¡Bolsas de cuero auténtico, amigo!”. Las tiendas se reproducen a lo largo del camino. Es el final del ciclo, el lugar donde la piel transformada en cuero, transformada en marroquinería, encuentra por fin a sus padres adoptivos. El olor es agradable, los vendedores encantadores, la presentación escrupulosamente cuidada. El bolsillo extranjero exige.
Lejano queda ya el trabajo del agricultor, del matadero, del pellejero, del curtidor, del mulero, del guarnicionero. El comerciante negocia, que para eso habla idiomas. El turista compra, que para eso tiene dinero. Es un final curioso: en escena, bolsas y abrigos de cuero colgados de techos de tiendas con carteles que presumen de su origen bereber; guías con comisión que aparcan un rebaño de turistas en su interior; papel de regalo envolviendo marroquinería que será exhibida en calles de París, Barcelona, Tokio o Milán.
Quizás la piel de Fez sea la que llevamos encima todos. Lo medito mientras atravieso la ocre muralla de la medina a través de la puerta Boujloud, vestida en cerámica de azul añil. Miro atrás. Me topo con una ciudad que parece vivir una época atemporal, como suspendida en un tiempo demasiado particular para los demás. Como si vistiera una capa sedosa que deja entrever su silueta, su mirada, su sonrisa, sus lágrimas, pero que no nos permite asegurar si está llorando, sonriendo o sufriendo.
Fez es una ciudad de reyes, letrados, artesanos, religiosos, artistas, comerciantes, mendigos, adivinos, árabes, bereberes, cristianos, judíos… Aunque mude de piel, Fez es una piel por encima de otra, como una cebolla, como las pieles apiladas en las tinas de la curtiduría.





















