Gabo y el Amazonas

¿Por qué el maestro del realismo mágico no escribió ‘nada’ sobre el mágico Amazonas? Me plantee esta pregunta después de visitar el Museo Etnográfico Misional Andino-Amazónico de Barcelona situado a tan solo una cuadra de donde residió durante seis años Gabriel García Márquez, en el número 6 de la calle Caponata del barrio de Sarrià. El fraile capuchino que custodia tan insólito tesoro selvático me comentó que el nobel nunca llegó a visitar la colección que alberga más de un millar de piezas de los pueblos del Amazonas colombiano. La respuesta del religioso me llevó a reflexionar sobre la relación —o no— de Gabo con uno de los territorios más exuberantes y misteriosos de Colombia.

La selva no contada

No es exagerado afirmar que las menciones del Amazonas en la obra de García Márquez son más bien escasas. Si bien el esplendor de la naturaleza es un elemento intrínseco de su literatura, ninguna de sus novelas tiene como escenario la vasta región amazónica, un espacio cargado de riqueza y vitalidad. Esta aparente ausencia no debe interpretarse como desinterés; de hecho la Amazonía fascinaba profundamente al escritor caribeño. Sin embargo, las alusiones son limitadas. Aunque el marco literario de García Márquez es indiscutiblemente caribeño, otros paisajes también dejaron huella en su escritura: el río Magdalena, Bogotá, Roma, París, Barcelona, Ciudad de México, La Habana… ¿Y el Amazonas? Pese a su escasa presencia en la narrativa publicada, el ‘pulmón del mundo’ no estuvo completamente ausente de su imaginario. Cartas, ponencias, colaboraciones literarias y discursos revelan un interés profundo por un territorio que sutilmente impregnó su universo creativo.

La nonata novela amazónica

Gabriel García Márquez dejó en el tintero un proyecto literario que iba a tener el Amazonas como telón de fondo. Una obra pensada para ser escrita a cuatro manos, nada menos que con el también premio Nobel, Mario Vargas Llosa. Ambos planearon escribir sobre la guerra colombo-peruana de 1932-1933, que tuvo lugar en la cuenca del río Putumayo, en las inmediaciones fronterizas de Puerto Leguízamo y Leticia. Vargas Llosa escribiría sobre la parte ambientada en Perú y García Márquez sobre la parte colombiana. Como documentó en La Vanguardia el periodista cultural Xavi Ayén, la idea le vino a Gabo tras leer la amazónica La casa verde y darse cuenta que la escena de un burdel de Macondo se parecía sospechosamente a un burdel de Piura:


“La coincidencia del burdel me ha inspirado una idea que tarde o temprano tendremos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela, nos enseñaron a romper filas con un grito: ‘¡Viva Colombia, abajo el Perú!’.[…]La mayoría de las tropas colombianas que mandaron a la frontera se perdieron en la selva. Los ejércitos enemigos no se encontraron nunca. Unos refugiados alemanes de la primera guerra mundial, que fundaron Avianca, se pusieron al servicio del gobierno y se fueron a la guerra con sus aviones de papel de aluminio. Uno de ellos cayó en plena selva y las tambochas le comieron las piernas: yo lo conocí más tarde, llevando sus condecoraciones en silla de ruedas. Los aviadores alemanes al servicio de Colombia bombardearon con cocos una procesión de Corpus Christi en una aldea fronteriza del Perú. Un militar colombiano cayó herido en una escaramuza, y aquello fue como una lotería para el gobierno: llevaron al herido por todo el país, como una prueba de la crueldad de Sánchez Cerro, y tanto lo llevaron y lo trajeron, que al pobre hombre, herido en un tobillo, se le gangrenó la pierna y murió. Tengo dos mil anécdotas como estas. Si tú investigas la historia del lado del Perú y yo la investigo del lado de Colombia, te aseguro que escribimos el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir”.

La novela nunca llegó a escribirse. El proyecto se desvaneció, pero quedaron para el recuerdo las cartas que ambos intercambiaron, en las que reflexionaban sobre cómo abordar aquella “guerra fantochesca por un pedazo de la Amazonia”.

Manifestantes peruanos protestando por la cesión del puerto de Leticia a Colombia (1932). Archivo Humberto Currarino

La influencia de La Vorágine

En la opresión que algunos de los personajes iniciáticos de Gabo experimentan frente a la naturaleza y en la lucha constante por domarla, se puede vislumbrar una influencia indirecta de un clásico de la literatura colombiana: La vorágine (1924) de José Eustacio Rivera. José Arcadio Buendía, uno de los protagonistas de Cien años de soledad, fracasa en su intento de dominar la naturaleza, al igual que Arturo Cova, protagonista de La vorágine, que es devorado por la selva. En Vivir para contarla reconocía que en sus largos viajes por el río Magdalena “sólo llevaba libros ya leídos e irrepetibles”. La vorágine era uno de ellos. Una de aquellas lecturas juveniles que dejan huella para toda la vida. De hecho, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez rememoró en un artículo de El País la sobremesa de una larga cena en casa de José María Pérez Gay en Ciudad de México en la que García Márquez, con los coros de Álvaro Mutis y Carlos Fuentes, recitó de memoria los primeros párrafos de la novela:

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara sobre mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.”

Arturo Cova en las barracas de Guaracú. Fotografía tomada por la madona Zoraida Ayram. Archivo Rivera. Universidad de Caldas.

La prostituta amazónica

La protagonista de uno de los Doce cuentos peregrinos es oriunda de Manaos, Maria dos Prazeres. La historia transcurre en Barcelona, donde la anciana brasileña se reúne con el vendedor de una agencia funeraria para contratar su propia tumba en el cementerio de Montjuïc. Mientras reflexiona sobre su vida, su pasado como prostituta, y el miedo y la incertidumbre ante la muerte, evoca su infancia en Manaos y el recuerdo del cementerio inundado por el desbordamiento del Amazonas:

“El vendedor abrió sobre la mesa del comedor un gráfico con muchos pliegues como una carta de marear con parcelas de colores diversos y numerosas cruces y cifras en cada color. María dos Prazeres comprendió que era el plano completo del inmenso panteón de Montjuich, y se acordó con un horror muy antiguo del cementerio de Manaos bajo los aguaceros de octubre, donde chapaleaban los tapires entre túmulos sin nombres y mausoleos de aventureros con vitrales florentinos. Una mañana, siendo muy niña, el Amazonas desbordado amaneció convertido en una ciénaga nauseabunda, y ella había visto los ataúdes rotos flotando en el patio de su casa con pedazos de trapos y cabellos de muertos en las grietas. Aquel recuerdo era la causa de que hubiera elegido el cerro de Montjuich para descansar en paz, y no el pequeño cementerio de San Gervasio, tan cercano y familiar.”

En canoa del Amazonas al Caribe

Gabriel García Márquez escribió un prólogo en 1993 para el libro En canoa del Amazonas al Caribe del científico cubano Antonio Núñez Jiménez. Sus palabras relatan los pormenores previos a la increíble expedición de tres mil cuatrocientas ochenta y cinco leguas náuticas en canoa a través de veinte países:

“Antonio llegaba siempre cargado de cosas que parecían recatadas de los naufragios que iba a padecer: un banderín de señales, una camiseta con el escudo de su heráldica personal, botas a prueba de serpientes, artes de pescar fabricadas con hilos y huesos primarios para engañar a los peces de la Edad de Piedra con que pensaban sobrevivir. Apartaba los platos, los cubiertos, la canasta del pan que ya estaban puestos para empezar a cenar, y extendía en la mesa un mapa dibujado en sus delirios equinocciales por los cartógrafos de Orellana, o de Magallanes, o tal vez de don Enrique el Navegante, de quién sabe quién, y el comedor se llenaba de rugidos de fieras mitológicas, de canciones de caníbales heridos de amor, de blasfemias de misioneros desmoralizados por no encontrar a Dios en los infiernos de la Amazonia.”

Fundación Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre

Leticia 1984

En agosto de 1984, acompañado del presidente del Gobierno de España, Felipe González, y del pintor Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez visitó Leticia, capital del departamento del Amazonas. Ante los estudiantes de la Escuela Normal y a oscuras por un corte de luz en toda la ciudad, el maestro dio una charla que recogió el escritor Alejandro Cueva Ramírez:

“Esperen, no sabemos si lo que vamos a decir vale la pena el aplauso. (Risas del público) … No nos podemos conocer esta noche por falta de luz. No nos vemos las caras, pero espero que tengamos muy pronto la oportunidad de vernos. Precisamente tengo planeado un viaje a Iquitos (Perú) a la desembocadura del Amazonas en Belem (Brasil), con motivo del medio milenio del Descubrimiento de América. Colombia — esta es una noticia que no ha sido publicada— va a contribuir con tres obras, por ahora: la terminación del Diccionario filológico, apuntes críticos del Instituto Caro y Cuervo; la terminación de los trabajos de la Expedición Botánica, y el tercero precisamente es ese libro que yo quiero escribir, muy reciente, del Descubrimiento. Orellana, como ustedes saben, recorrió el río Amazonas desde Iquitos hasta la desembocadura y escribió un diario que yo conozco. La idea es volver a escribir ahora el diario de navegación, casi para probar que es muy poco lo que ha cambiado desde entonces. (Pausa). Me imagino que cuando Orellana pasó tampoco había luz por aquí. (Risas). De manera que ya eso empieza a ser una semejanza. Les cuento esto, primero, porque ustedes como están estudiando sé que les interesa que haya un proyecto de escribir un libro como este, que sin duda permitirá divulgar los problemas de la región; y segundo, que es una promesa formal de que volveré alguna vez y si no hay luz nos veremos de día, con la luz del sol, que eso sí nos sobra. Esto puede ser a fines de este año. Entonces les prometo que en esta ocasión nos veremos… El propósito que yo tenía no era dictar una conferencia porque yo detesto las conferencias, en donde hay un solo señor que sabe todo y otros que lo oyen. Creo que todos sabemos un poco y todos podemos enseñarnos. No tenemos mucho tiempo porque vengo en realidad como anfitrión del presidente Felipe González y tenemos un compromiso ya, dentro de un cuarto de hora. Entonces no tenemos oportunidad de hacer lo que yo quería, que era conversar con ustedes sobre lo único que yo sé realmente, que es sobre mis libros. Si alguno de ustedes tiene alguna pregunta que hacer, alguna duda, algún secreto de los textos, que quieran saber, tengo un cuarto de hora para contestarles… A ver quién empieza…”

El periodista, escritor e historiador Miguel Ángel Rojas Arias relató, en un artículo publicado en La Crónica del Quindío, los tres días inolvidables que Gabo pasó en la selva amazónica, durmiendo en un chinchorro amerindio. Acompañado por su amigo Obregón, el coronel quindiano Luis Alberto Bernal los llevó a conocer el plan de 100 casas sin cuota que se estaba construyendo en Leticia, el municipio brasileño de Tabatinga, la isla de los Micos, donde fueron recibidos por el pueblo Yagua, y el corregimiento El Encanto. Según el testimonio del coronel Bernal, pasaron dos noches en un campamento de los Ticunas en el Parque nacional natural Amacayacu. «García Márquez parecía un niño, extasiado, admirado de los inmensos árboles, de los animales y los pequeños indios del Amazonas», recordó el coronel.

De izquierda a derecha: Coronel Luis Alberto Bernal, maestro Alejandro Obregón y el novel Gabriel García Márquez.

Discurso para la protección del medio ambiente

Durante la I Cumbre Iberoamericana del Grupo de los Cien, celebrada en Guadalajara, México, el 19 de julio de 1991, García Márquez protagonizó un discurso para la protección del medio ambiente que puso el foco en la riqueza de la Amazonia: “Por el Amazonas no sólo fluye la quinta parte del agua dulce de la Tierra cada día, sino que la Amazonia es el ecosistema más rico y complejo del mundo y su banco genético el más vasto, donde vive la quinta parte de las especies de pájaros del planeta. El corredor de aves migratorias más poblado de América atraviesa la parte oriental de México, cruza América Central y desemboca en la Amazonia. México y Colombia son dos de los cuatro países con mayor diversidad de flora y fauna del mundo. Pero sólo una acción unitaria, enérgica y perseverante de nuestros gobiernos puede preservar estas riquezas de la catástrofe final.”


También en el discurso en contra de la guerra atómica que pronunció el 6 de agosto de 1986 en Ixtapa, México, dedicó unas palabras de preocupación por la desaparición distópica del pulmón verde de la tierra: “Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sáhara, la vasta Amazonia desaparecerá de la faz del planeta destruida por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estaría de regreso a su infancia glacial.”

Florencia en el Amazonas

La idea surgió tras el estreno en 1991 de la segunda ópera del compositor Daniel Catán, La hija de Rappaccini, basada en la pieza de Octavio Paz con libreto de Juan Tovar. La discípula de García Márquez en ese momento, Marcela Fuentes-Berain, presentó a su maestro la propuesta de que escribiera un libreto para el compositor mexicano. Pero finalmente, el trabajo recayó en sus manos, y ella se inspiró en los mundos mágico-realistas de Gabo para crear Florencia en el Amazonas. La ópera narra la historia de la cantante Florencia Grimaldi, que viaja de incógnito de Leticia, Colombia, a Manaos, Brasil, para actuar en el legendario teatro y reencontrarse con su amado Cristóbal, cazador de mariposas, a quien dejó por seguir su carrera artística. Aunque es original y no se basa en ninguna obra específica de García Márquez, la trama y la ambientación comparten ciertos elementos con El amor en los tiempos del cólera. Sobre esto, Fuentes-Berain explicó en una entrevista con el periodista José Juan de Ávila publicada en Milenio:


“Me divierte mucho que la gente dice: Es que Florencia en el Amazonas es una adaptación de ‘El amor en los tiempos del cólera’. Por favor. Ojalá, ojalá hubiéramos tenido los derechos para adaptarla, no los hubo. Para nada. Yo me basé en cuando Aureliano (en Cien años de soledad) se encuentra el galeón español abandonado en la selva al buscar un camino al mar; en todo lo fluvial de la ópera me basé en la relación de todos los Buendías y otros personajes. La ópera es un homenaje a García Márquez”. La autora del libreto también reveló la influencia del poeta colombiano Álvaro Mutis en la creación de la obra: “Mutis y Gabo eran muy amigos. Álvaro nos dio toda la cuestión de la especificidad del Amazonas: el color del agua cuando hay bagre, que es más arenoso, más de la tierra, del lodo; hay una parte donde están los delfines rosados y ahí toda el agua es rosada; donde hay pirañas el agua es negra…”.

El 25 de octubre de 1996 se abrió el telón del teatro Wortham de Houston para brindar un amazónico homenaje al caribeño escritor:

(Muelle en Leticia, Colombia. Río Amazonas. Principios del siglo XV. Llega Florencia, cubriendo su rostro con una mascada (pañuelo de seda). Los pregoneros ofrecen su mercancía, rica en texturas y colores: granos, frutas, verduras, animales; polvos, aceites, ópalos, esmeraldas y plata)


¡Jarabe para el amor!
¡Compre usted este caimán!
¡Grosellas, grosellas!
¡Las cocadas de piña!
¡Dulces, dulces para la niña!
¡Aguardiente, aguardiente
para darle lustre al diente!

Representación de la ópera en Miami en 2018. Florida Grand Opera – Ana María Martínez interpretando a Florencia Grimaldi. Foto: Chris Kakol

El Caribe amazónico

La dimensión fantástica de la geografía colombiana es parte esencial del universo literario del genio de Aracataca. No sería justo decir que García Márquez pasó por alto la Amazonia. Nunca la convirtió en personaje o escenario, pero formó parte de su imaginario como espacio mítico. En el mar Caribe indomable, en el aire ardiente de la selva colosal de Urabá, en el Macondo aislado del mundo exterior, en aquellos caribeños lugares tan puros que carecen de nombre, allí encontramos el Amazonas; entendido como símbolo de lo indomable, de lo inexplicable, de lo insondable, de lo mágico. Un territorio mental donde lo real y lo irreal se entrelazan, donde las fronteras dejan de existir, donde las leyes de la civilización se disuelven y los mitos cobran vida. Allí donde la naturaleza embriaga los sentidos, empieza el Caribe amazónico de Gabo.

Árbol en el traspatio de la Casa Natal del escritor Gabriel GarcíaMárquez

Albert Bonjoch

EL PUEBLO CATALÁN DE 25 HABITANTES HERMANADO CON BOGOTÁ

«Dede el 8 de septiembre de 2004 Santa Fe de Segarra está hermanada con Santa Fe de Bogotá» es lo que se puede leer en el cartel conmemorativo colocado en el Hotel Santa Fe de las Américas, fundado por Carme Balcells para dar alojamiento y apoyo a jóvenes escritores.

Nacida en 1930 en Santa Fe de Segarra, en la provincia de Lleida, Carmen Balcells (también conocida como La Mamá Grande por un relato de García Márquez) fue la agente literaria más importante de las letras hispanas. Su agencia ha representado a más de 300 escritores de habla hispana y portuguesa, y su cartera incluye los máximos exponentes del boom latinoamericano, así como varios premios nobel y Cervantes, como Mario Vargas Llosa, Pablo Neruda, Carlos Fuentes y ¡GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ!

Además de sus vínculos contractuales, al escritor colombiano y a su agente literaria les unía una relación muy especial. El Centro Gabo recoge aquí 6 datos curiosos: https://centrogabo.org/gabo/contemos-gabo/6-curiosidades-de-carmen-balcells-junto-gabriel-garcia-marquez

“Cuando tienes un autor como García Márquez puedes montar un partido político, instituir una religión u organizar una revolución. Yo en vida suya opté por esto último” Balcells.

Carme Riera evoca en su documentada biografía «Carmen Balcells, traficante de palabras» la loca pero lógica idea de hermanar la capital de Colombia, de más de 7 millones de habitantes, con un pueblecito de Cataluña con apenas 20 personas censadas.

¿Qué tienen en común una y otra Santa Fe? NADA y TODO. Como Gabo y Balcells. ¡Para descubrir parecidos, es necesario visitar sus casitas: «literales y literarias»!

A la comarca de La Segarra se la definía irónicamente en el pasado con cuatro palabras: Rics, Rocs, Rucs y Rectors. ¿Con qué 4 PALABRAS con la letra R se podría definir Bogotá?

LA ESCUELA VERDE DE ARISTÓTELES

El gran filósofo griego Aristóteles consideraba que “todos los hombres desean naturalmente saber”. El saber no distingue edades, ni clases, ni culturas. Todos necesitamos aprender: para sobrevivir, para crecer, para legar a la siguiente generación una herencia intangible pero muy real y necesaria. Hace más de 2000 años el conocimiento estaba reservado a las élites. Las doctrinas de Aristóteles, ahora universales, solo estaban al alcance de los círculos más cultos y poderosos. El alumno más famoso de Aristóteles fue ni más ni menos que el hijo del rey Filipo II de Macedonia, Alejandro (el apodo de Magno le llegó más tarde). Aristóteles enseñó al jóven príncipe gramática, geometría, filosofía, ética, política, poesía… pero ante todo le instruyó a “vivir dignamente”. Sus clases se desarrollaban en un lugar mágico en medio de la naturaleza, un santuario dedicado a las ninfas a treinta kilómetros de la capital del reino. El sabio maestro y su valeroso alumno tenían a su disposición cuevas naturales donde resguardarse y un magnífico jardín por donde pasear. Esta fue la escuela de Alejandro el Grande, este encantador oasis fue su puerta al saber. 

Hace unos años tuve la ocasión de conocer las ruinas del Ninfeo, hoy en el municipio de Nausa, en el norte de Grecia. Son relativamente poco conocidas y no demasiado turísticas. Una lástima, o suerte ya que se pueden disfrutar con relativa calma. Nada hace pensar que en este alejado pueblo agrícola de la región de Macedonia, en medio de campos de cerezos, manzanos y melocotoneros, se encuentra la escuela donde Aristóteles impartió las lecciones más importantes para la vida del futuro conquistador de Persia. La sorpresa es aún mayor cuando el visitante se da cuenta que este “templo de la enseñanza” conserva casi el mismo aspecto que el descrito por Plutarco. Parece que el tiempo no haya pasado. Es cierto que solo quedan escombros de la stoa, pero se mantiene un elemento quizás más importante todavía: la naturaleza. El escenario conserva las fuentes, los manantiales, los árboles por donde circulaba el helénico saber. Basta con cerrar los ojos e imaginarse a Aristóteles paseando su túnica y su filosofía bajo la sombra de una higuera. Por un momento, parece que nada haya cambiado en dos milenios.

Por suerte, dos mil años y pico después no todo es lo mismo: hemos democratizado el saber, entre muchas otras mejoras. Pero hemos olvidado algo terriblemente importante del Ninfeo de Mieza: el entorno. En este fascinante lugar me di cuenta de lo afortunado que fue Alejandro Magno, no por tener a Aristóteles como profesor, que también, sino por haber tenido la suerte de recibir una brillante educación en medio de la naturaleza. Y es que, por muchos avances tecnológicos que se produzcan, seguimos siendo animales. La naturaleza, cada vez más escasa, es (o al menos lo fue) nuestro hábitat natural. Por lo tanto, el saber debería siempre estar conectado con la tierra que nos rodea. Yo digo que las escuelas deberían tener tantos patios como pantallas. Si yo fuera profesor, sacaría a mis alumnos a pasear. Si fuera arquitecto, diseñaría una escuela como la de Aristóteles. La pantalla que nos acerca al mundo también puede separarnos de él.

EL COLOMBIARIO

32 relatos poéticos 32 departamentos

El Colombiario es un mágico viaje por Colombia a través de 32 relatos poéticos, uno para cada departamento, que fluyen del imaginario colectivo de un país azotado o bendecido por los vaivenes del hombre y de la naturaleza. Los versos del viajero discurren por el Amazonas, el Caribe, los Andes, el Pacífico, los Llanos y el Eje Cafetero a merced del latido de la selva, el rugido de los cerros, el sudor de las olas, el aliento del horizonte.

Este libro es una asombrosa travesía literaria narrada en un estilo que bebe de la poesía, del periodismo, de la literatura de viajes y del realismo mágico. El Colombiario es un río literario que transporta los sedimentos cotidianos de las tierras colombianas. En las aguas de este libro se halla una cumbia bailada en una playa del Tayrona, un desfile currambero, un entierro Wayuu, un aguacero en Bogotá, una chiva adormecida, una mujer perfumada del Guainía, una hamaca morroana meciendo a dos amantes, un volcán astado en erupción, una chagra amazónica, una mina de esmeraldas en Boyacá, una piqueria vallenata, una balacera en los Llanos, una elegía a las flores del valle de Aburrá, un temblor guerrillero en la loma…

Los versos del viajero discurren por la historia, el folclor y los paisajes de Colombia en un relato marcado por la dualidad entre realidad y sueño, escritura y oralidad. En estos cuentos poéticos, homenaje a la literatura y la cultura oral del país, brotan igualmente cuestiones intrínsecas al ser humano: la vida, la muerte, el sexo, la violencia, el amor, la soledad, la amistad, la paz, la guerra. Las fronteras que definen los 32 capítulos dejan de existir en el momento que el lector descubre que las palabras no solo evocan a un espacio delimitado sino a un territorio universal de nuestra naturaleza como peculiar animal. El Colombiario es un periplo íntimo y colectivo por el alma de una exuberante tierra y por las entrañas de la desconcertante humanidad.

EBOOK

PAPEL

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EL SABIO CATALÁN

En 1913 llegó a Colombia, procedente de Cataluña, el editor, dramaturgo, poeta, narrador, periodista y crítico Ramon Vinyes: el librero de Berga, el hombre que “lo había leído todo», el “sabio catalán” inmortalizado por el premio Nobel Gabriel García Márquez en sus novelas Cien años de soledad y Vivir para contarla.

Poco conocida es la extraordinaria labor de este catalán enamorado de Colombia. Ramon Vinyes i Cluet ha sido demasiadas veces injustamente ignorado, especialmente en su tierra natal. Se dice que partió de Cataluña cansado de que su obra no cuajara entre el público. En una época con gustos opuestos a su teatro regenerador, de carácter literario y poco preocupado con el puro entretenimiento, nuestro sabio catalán abdicó, emprendió las américas con el propósito de huir de la literatura y prosperar dedicándose al comercio. También se comenta que Vinyes llegó a Colombia por casualidad, después de girar un globo terráqueo que frenó con su dedo aplastado encima de Barranquilla. Ya sean casualidades del destino o no, en lo que no hay duda es que aquel mozo encontró de allende los mares una fuente de inspiración para su renacer literario. Cuando se instaló en Barranquilla se encontró con una ciudad que le venía como anillo al dedo. “La nueva Barcelona”, como la llamaba el poeta colombiano Porfirio Barba, era un puerto donde llegaban alemanes, árabes, italianos, judíos y un sinfín de otros emigrantes que iban alimentando la riqueza cultural de una ciudad despreocupada, informal, libertaria, con pocas pretensiones artísticas y pocas tradiciones que respetar, a diferencia de localidades con mayor peso histórico como Bogotá, Cartagena o Santa Marta. Aquella miscelánea de gentes, aquella Barranquilla de caminos polvorientos y nuevas construcciones fue la que vió nacer la librería fundada por Vinyes y su socio, el tambien catalán Xavier Auqué. Aquella librería que guardaba exquisitas exóticas reliquias literarias sirvió de bebedor intelectual y crítico para jóvenes hambrientos de saber. Si bien la librería desapareció por un incendio ocho años después de su inauguración, el recuerdo de ella pervive todavía entre el mundo literario barranquillero.

El escritor García Márquez realizó una deliciosa trasposición ficticia de la librería de Vinyes en la parte final de la novela Cien años de soledad: “Entró en el abigarrado y sombrío local donde apenas había espacio para moverse. Más que una librería, aquella parecía un basurero de libros usados, puestos en desorden en los estantes mellados por el comején, en los rincones amelazados de telaraña, y aun en los espacios que debieron destinarse a los pasadizos. En una larga mesa, también agobiada de mamotretos, el propietario escribía una prosa incansable, con una caligrafía morada, un poco delirante, y en hojas sueltas de cuaderno escolar.” Pero la librería no fue lo único que catapultó a Vinyes a la notoriedad intelectual en la ciudad portuaria. Al “sabio catalán” se le recuerda por ser el impulsor y dinamizador de la revista literaria y filosófica Voces. Lo que podría haberse quedado como una simple publicación provincial sobre libros, alcanzó gran renombre en todo el continente por su carácter innovador, por posicionarse como vehículo de difusión de jóvenes escritores latinoamericanos y mostrador de perlas literarias europeas. En ella colaboraron grandes nombres de la literatura y el periodismo como Julio Gómez de Castro, León de Grieff, Vicente Huidobro, Germán Vargas, o el mismo García Márquez. La trascendencia de Voces en la evolución del periodismo en Colombia, e incluso en Latinoamérica,  radica en el jugoso aliño crítico e irónico que Vinyes regaba sobre sus textos. Su lenguaje rebelde, insumiso, mordaz, adelantado para su tiempo, surrealista y libertino no era precisamente de agrado entre la corrupta clase dirigente. Un texto subido de tono bastó para que el Gobernador de la época expulsará a Vinyes de Colombia y lo calificara de “extranjero indeseable”. Regresó a una Cataluña noucentista poco entusiasta con su obra. De hecho, tardó poco tiempo en volver a La Arenosa. Coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil española, Vinyes empaquetó sus libros y embarcó en un viaje que lo devolvería a su Colombia querida. El librero de Berga volvió a animar tertulias intelectuales, al estilo de los poetas malditos franceses, con borracheras, parrandas y extravagancias incluidas. Vinyes se convirtió en mentor del Grupo de Barranquilla, en el sabio al que acudían para desenredar disputas intelectuales. Pero la mayor disputa la tenia Vinyes consigo mismo; la nostalgia le corroía por dentro. Padecía en silencio un desarraigo que acabó por convencerlo que lo mejor sería volver a su tierra natal. Y así fue, acabo sus días en una Cataluña castigada por la posguerra, demasiado hambrienta para recordar viejos poetas. Se  dice que a los dos días de su muerte, en 1951, llegó a su casa un billete de avión que había comprado para volver a Barranquilla.

Hombre confundido por la nostalgia; sabio de crítica incisiva; amigo de los libros y librero de sus amigos; irónico testigo de los horrores del siglo XX; catalán en Colombia y colombiano en Catalunya;… Ramon Vinyes i Cluet fue, ante todo, sencillamente un amante de la literatura. Quizás el “sabio catalán” no fuera más que el librero que vendió los libros que ayudarían a descifrar los pergaminos de Melquíades en “Cien años de soledad”. Quizás Vinyes no fuera más que el librero que vendió los libros que ayudarían a calentar el motor del engranaje intelectual de Barranquilla. Quizás aquel hombre de cabellera plateada y ojos azules no fuera más que otro amante de Colombia. Lo único cierto es que sin él, la novela tendría otro final.

“Había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras, y no se le había ocurrido nada más práctico que instalar aquella librería de incunables y ediciones originales en varios idiomas, que los clientes casuales bojeaban con recelo, como si fueran libros de muladar, mientras esperaban el turno para que les interpretaran los sueños en la casa de enfrente (……) Las únicas personas con quienes se relacionó fueron los cuatro amigos, a quienes les cambió por libros los trompos y las cometas, y los puso a leer a Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria. Trataba a los clásicos con una familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna época sus compañeros de cuarto, y sabia muchas cosas que simplemente no se debían saber, como que San Agustín usaba debajo del hábito un jubón de lana que no se quitó en catorce años, y que Arnaldo de Vilanova, el nigromante, se volvió impotente desde niño por una mordedura de alacrán. Su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”.

LA NECESIDAD DE RECORDAR

La recuperación de la memoria histórica juega un papel determinante para la reconciliación real de una sociedad. En España, muchas víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura franquista todavía esperan verdad, justicia y reparación.

LA ASIGNATURA PENDIENTE

“Un país no puede ser normal si no conoce, con nombres y apellidos, todas y cada una de las víctimas de una guerra vivida. Su estudio constituye una obligación ineludible que necesariamente hay que abordar, como correspondería hacer en cualquier país civilizado”. Si hacemos caso a estas palabras pronunciadas por el historiador y político Josep Benet, España sigue siendo un país anormal. Pese a los numerosos esfuerzos realizados por entroncar con el pasado, el país ibérico no hace lo suficiente por la reparación a las víctimas y por la búsqueda de la verdad y la justicia sobre las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la Guerra Civil (1936-1939) y la dictadura franquista (1936/39-1975). La recuperación de la memoria histórica (RMH) es todavía una asignatura pendiente. Así lo cree un informe redactado en 2014 por el relator especial de Naciones Unidas que destaca los vacíos institucionales en materia de verdad y justicia.

EL PAPEL DEL GOBIERNO

Con la muerte del dictador Francisco Franco en 1975 y el afianzamiento de la democracia se inició tímidamente el proceso de RMH. La nueva constitución (1978) creó las bases para trabajar en favor del reconocimiento y la dignificación de las víctimas. Pero fue precisamente esta transición democrática la que cimentó el actual “modelo de impunidad”. A diferencia de Alemania o de los países latinoamericanos donde se establecieron, poco a poco, mecanismos para la documentación de la verdad sobre las graves violaciones a los derechos humanos cometidas en el pasado en su territorio, en España se optó por pasar página. Es en esta línea que se promulgó la Ley de Amnistía en 1977, cuyo objetivo era eliminar algunos efectos jurídicos que pudieran hacer peligrar el asentamiento de la democracia. Con el paso del tiempo se ha comprobado que esta ley es un obstáculo para las denuncias interpuestas por crímenes contra la humanidad ya que impide juzgar delitos cometidos durante la Guerra Civil y la dictadura.

El primer paso realmente importante realizado en materia de RMH tuvo que esperar hasta el 2007, año en el que el Congreso de los Diputados aprobó la Ley de Memoria Histórica. Pese a sus defectos, la ley reconoce y amplía derechos y establece medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura.

PROYECTOS AUTONÓMICOS Y ACADÉMICOS

Si bien el papel del Gobierno central es determinante, algunas comunidades autónomas, antes incluso de la aprobación de la Ley de Memoria Histórica, han impulsado todo tipo de iniciativas para  rehabilitar a las personas que vieron menoscabados sus derechos durante la Guerra Civil y la represión política posterior. En este sentido, cabe destacar la labor del Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya.

Desde hace años, las universidades también participan en la RMH. Cabe señalar las cátedras Memoria Histórica del Siglo XX de la Universidad Complutense de Madrid y Walter Benjamin, memoria y exilio de la Universitat de Girona. Igualmente destacable es el trabajo que desempeña el Grupo de Arqueología y Antropología Forense de Paleolab de la Universitat de Valencia, el Instituto de la paz y los conflictos de la Universidad de Granada, o el Centro de Estudios de Migraciones y Exilios de la UNED, entre otros.

INICIATIVAS CIUDADANAS: MEMORIA Y RED

Pero también la participación ciudadana y asociativa ha sido y es una pieza clave del proceso de RMH. Una de las principales y más notorias entidades es la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, que desde el año 2000 ha llevado a cabo más de 150 excavaciones de fosas comunes logrando identificar a más de mil víctimas de la represión durante la Guerra Civil.

En los últimos años, la irrupción de nuevas tecnologías de la información ha sido aprovechada por numerosas entidades para fortalecer el trabajo en red, mejorar la accesibilidad a los recursos y fomentar la participación ciudadana. Un buen ejemplo de ello son los proyectos Mapa de la Memoria, que pide la colaboración ciudadana para señalar y denunciar en un mapa interactivo los lugares públicos donde todavía hay simbología franquista, y MEMORO, dedicado a la recogida de los recuerdos e historias de la vida de las personas nacidas antes de 1950.

EL DERECHO DE LAS VÍCTIMAS Y EL DEBER DE LOS CIUDADANOS

Ya sea a través de iniciativas públicas o privadas, lo cierto es que la recuperación de la memoria histórica en España pasa por una implicación real y total de la sociedad y de las instituciones. El derecho a la verdad, a la justicia y a la reparación que exigen las víctimas es un deber moral de la democracia española. El filósofo Manuel-Reyes Mate Rupérez decía en su libro La piedra desechada que “el deber de memoria no es un recuerdo sentimental de lo mal que lo pasaron las víctimas o de lo que nos puede pasar a nosotros, sino la ingente tarea de repensar todo a la luz del sufrimiento que causa la barbarie”. Recuperar la memoria es un acto tremendamente complejo y doloroso, pero necesario. En materia de verdad, justicia y reparación, España no ha terminado los deberes. Por dignidad democrática, deber de memoria.

Artículo publicado en Goethe Magazín

Visitantes en una exposición sobre la exhumación de fosas comunes de la Guerra Civil Española | © Albert Bonjoch | © Albert Bonjoch