
¿Por qué el maestro del realismo mágico no escribió ‘nada’ sobre el mágico Amazonas? Me plantee esta pregunta después de visitar el Museo Etnográfico Misional Andino-Amazónico de Barcelona situado a tan solo una cuadra de donde residió durante seis años Gabriel García Márquez, en el número 6 de la calle Caponata del barrio de Sarrià. El fraile capuchino que custodia tan insólito tesoro selvático me comentó que el nobel nunca llegó a visitar la colección que alberga más de un millar de piezas de los pueblos del Amazonas colombiano. La respuesta del religioso me llevó a reflexionar sobre la relación —o no— de Gabo con uno de los territorios más exuberantes y misteriosos de Colombia.
La selva no contada
No es exagerado afirmar que las menciones del Amazonas en la obra de García Márquez son más bien escasas. Si bien el esplendor de la naturaleza es un elemento intrínseco de su literatura, ninguna de sus novelas tiene como escenario la vasta región amazónica, un espacio cargado de riqueza y vitalidad. Esta aparente ausencia no debe interpretarse como desinterés; de hecho la Amazonía fascinaba profundamente al escritor caribeño. Sin embargo, las alusiones son limitadas. Aunque el marco literario de García Márquez es indiscutiblemente caribeño, otros paisajes también dejaron huella en su escritura: el río Magdalena, Bogotá, Roma, París, Barcelona, Ciudad de México, La Habana… ¿Y el Amazonas? Pese a su escasa presencia en la narrativa publicada, el ‘pulmón del mundo’ no estuvo completamente ausente de su imaginario. Cartas, ponencias, colaboraciones literarias y discursos revelan un interés profundo por un territorio que sutilmente impregnó su universo creativo.

La nonata novela amazónica
Gabriel García Márquez dejó en el tintero un proyecto literario que iba a tener el Amazonas como telón de fondo. Una obra pensada para ser escrita a cuatro manos, nada menos que con el también premio Nobel, Mario Vargas Llosa. Ambos planearon escribir sobre la guerra colombo-peruana de 1932-1933, que tuvo lugar en la cuenca del río Putumayo, en las inmediaciones fronterizas de Puerto Leguízamo y Leticia. Vargas Llosa escribiría sobre la parte ambientada en Perú y García Márquez sobre la parte colombiana. Como documentó en La Vanguardia el periodista cultural Xavi Ayén, la idea le vino a Gabo tras leer la amazónica La casa verde y darse cuenta que la escena de un burdel de Macondo se parecía sospechosamente a un burdel de Piura:
“La coincidencia del burdel me ha inspirado una idea que tarde o temprano tendremos que llevar a cabo tú y yo: tenemos que escribir la historia de la guerra entre Colombia y el Perú. En la escuela, nos enseñaron a romper filas con un grito: ‘¡Viva Colombia, abajo el Perú!’.[…]La mayoría de las tropas colombianas que mandaron a la frontera se perdieron en la selva. Los ejércitos enemigos no se encontraron nunca. Unos refugiados alemanes de la primera guerra mundial, que fundaron Avianca, se pusieron al servicio del gobierno y se fueron a la guerra con sus aviones de papel de aluminio. Uno de ellos cayó en plena selva y las tambochas le comieron las piernas: yo lo conocí más tarde, llevando sus condecoraciones en silla de ruedas. Los aviadores alemanes al servicio de Colombia bombardearon con cocos una procesión de Corpus Christi en una aldea fronteriza del Perú. Un militar colombiano cayó herido en una escaramuza, y aquello fue como una lotería para el gobierno: llevaron al herido por todo el país, como una prueba de la crueldad de Sánchez Cerro, y tanto lo llevaron y lo trajeron, que al pobre hombre, herido en un tobillo, se le gangrenó la pierna y murió. Tengo dos mil anécdotas como estas. Si tú investigas la historia del lado del Perú y yo la investigo del lado de Colombia, te aseguro que escribimos el libro más delirante, increíble y aparatoso que se pueda concebir”.
La novela nunca llegó a escribirse. El proyecto se desvaneció, pero quedaron para el recuerdo las cartas que ambos intercambiaron, en las que reflexionaban sobre cómo abordar aquella “guerra fantochesca por un pedazo de la Amazonia”.

La influencia de La Vorágine
En la opresión que algunos de los personajes iniciáticos de Gabo experimentan frente a la naturaleza y en la lucha constante por domarla, se puede vislumbrar una influencia indirecta de un clásico de la literatura colombiana: La vorágine (1924) de José Eustacio Rivera. José Arcadio Buendía, uno de los protagonistas de Cien años de soledad, fracasa en su intento de dominar la naturaleza, al igual que Arturo Cova, protagonista de La vorágine, que es devorado por la selva. En Vivir para contarla reconocía que en sus largos viajes por el río Magdalena “sólo llevaba libros ya leídos e irrepetibles”. La vorágine era uno de ellos. Una de aquellas lecturas juveniles que dejan huella para toda la vida. De hecho, el escritor nicaragüense Sergio Ramírez rememoró en un artículo de El País la sobremesa de una larga cena en casa de José María Pérez Gay en Ciudad de México en la que García Márquez, con los coros de Álvaro Mutis y Carlos Fuentes, recitó de memoria los primeros párrafos de la novela:
“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar, y me lo ganó la violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara sobre mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.”

La prostituta amazónica
La protagonista de uno de los Doce cuentos peregrinos es oriunda de Manaos, Maria dos Prazeres. La historia transcurre en Barcelona, donde la anciana brasileña se reúne con el vendedor de una agencia funeraria para contratar su propia tumba en el cementerio de Montjuïc. Mientras reflexiona sobre su vida, su pasado como prostituta, y el miedo y la incertidumbre ante la muerte, evoca su infancia en Manaos y el recuerdo del cementerio inundado por el desbordamiento del Amazonas:
“El vendedor abrió sobre la mesa del comedor un gráfico con muchos pliegues como una carta de marear con parcelas de colores diversos y numerosas cruces y cifras en cada color. María dos Prazeres comprendió que era el plano completo del inmenso panteón de Montjuich, y se acordó con un horror muy antiguo del cementerio de Manaos bajo los aguaceros de octubre, donde chapaleaban los tapires entre túmulos sin nombres y mausoleos de aventureros con vitrales florentinos. Una mañana, siendo muy niña, el Amazonas desbordado amaneció convertido en una ciénaga nauseabunda, y ella había visto los ataúdes rotos flotando en el patio de su casa con pedazos de trapos y cabellos de muertos en las grietas. Aquel recuerdo era la causa de que hubiera elegido el cerro de Montjuich para descansar en paz, y no el pequeño cementerio de San Gervasio, tan cercano y familiar.”
En canoa del Amazonas al Caribe
Gabriel García Márquez escribió un prólogo en 1993 para el libro En canoa del Amazonas al Caribe del científico cubano Antonio Núñez Jiménez. Sus palabras relatan los pormenores previos a la increíble expedición de tres mil cuatrocientas ochenta y cinco leguas náuticas en canoa a través de veinte países:
“Antonio llegaba siempre cargado de cosas que parecían recatadas de los naufragios que iba a padecer: un banderín de señales, una camiseta con el escudo de su heráldica personal, botas a prueba de serpientes, artes de pescar fabricadas con hilos y huesos primarios para engañar a los peces de la Edad de Piedra con que pensaban sobrevivir. Apartaba los platos, los cubiertos, la canasta del pan que ya estaban puestos para empezar a cenar, y extendía en la mesa un mapa dibujado en sus delirios equinocciales por los cartógrafos de Orellana, o de Magallanes, o tal vez de don Enrique el Navegante, de quién sabe quién, y el comedor se llenaba de rugidos de fieras mitológicas, de canciones de caníbales heridos de amor, de blasfemias de misioneros desmoralizados por no encontrar a Dios en los infiernos de la Amazonia.”

Leticia 1984
En agosto de 1984, acompañado del presidente del Gobierno de España, Felipe González, y del pintor Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez visitó Leticia, capital del departamento del Amazonas. Ante los estudiantes de la Escuela Normal y a oscuras por un corte de luz en toda la ciudad, el maestro dio una charla que recogió el escritor Alejandro Cueva Ramírez:
“Esperen, no sabemos si lo que vamos a decir vale la pena el aplauso. (Risas del público) … No nos podemos conocer esta noche por falta de luz. No nos vemos las caras, pero espero que tengamos muy pronto la oportunidad de vernos. Precisamente tengo planeado un viaje a Iquitos (Perú) a la desembocadura del Amazonas en Belem (Brasil), con motivo del medio milenio del Descubrimiento de América. Colombia — esta es una noticia que no ha sido publicada— va a contribuir con tres obras, por ahora: la terminación del Diccionario filológico, apuntes críticos del Instituto Caro y Cuervo; la terminación de los trabajos de la Expedición Botánica, y el tercero precisamente es ese libro que yo quiero escribir, muy reciente, del Descubrimiento. Orellana, como ustedes saben, recorrió el río Amazonas desde Iquitos hasta la desembocadura y escribió un diario que yo conozco. La idea es volver a escribir ahora el diario de navegación, casi para probar que es muy poco lo que ha cambiado desde entonces. (Pausa). Me imagino que cuando Orellana pasó tampoco había luz por aquí. (Risas). De manera que ya eso empieza a ser una semejanza. Les cuento esto, primero, porque ustedes como están estudiando sé que les interesa que haya un proyecto de escribir un libro como este, que sin duda permitirá divulgar los problemas de la región; y segundo, que es una promesa formal de que volveré alguna vez y si no hay luz nos veremos de día, con la luz del sol, que eso sí nos sobra. Esto puede ser a fines de este año. Entonces les prometo que en esta ocasión nos veremos… El propósito que yo tenía no era dictar una conferencia porque yo detesto las conferencias, en donde hay un solo señor que sabe todo y otros que lo oyen. Creo que todos sabemos un poco y todos podemos enseñarnos. No tenemos mucho tiempo porque vengo en realidad como anfitrión del presidente Felipe González y tenemos un compromiso ya, dentro de un cuarto de hora. Entonces no tenemos oportunidad de hacer lo que yo quería, que era conversar con ustedes sobre lo único que yo sé realmente, que es sobre mis libros. Si alguno de ustedes tiene alguna pregunta que hacer, alguna duda, algún secreto de los textos, que quieran saber, tengo un cuarto de hora para contestarles… A ver quién empieza…”
El periodista, escritor e historiador Miguel Ángel Rojas Arias relató, en un artículo publicado en La Crónica del Quindío, los tres días inolvidables que Gabo pasó en la selva amazónica, durmiendo en un chinchorro amerindio. Acompañado por su amigo Obregón, el coronel quindiano Luis Alberto Bernal los llevó a conocer el plan de 100 casas sin cuota que se estaba construyendo en Leticia, el municipio brasileño de Tabatinga, la isla de los Micos, donde fueron recibidos por el pueblo Yagua, y el corregimiento El Encanto. Según el testimonio del coronel Bernal, pasaron dos noches en un campamento de los Ticunas en el Parque nacional natural Amacayacu. «García Márquez parecía un niño, extasiado, admirado de los inmensos árboles, de los animales y los pequeños indios del Amazonas», recordó el coronel.

Discurso para la protección del medio ambiente
Durante la I Cumbre Iberoamericana del Grupo de los Cien, celebrada en Guadalajara, México, el 19 de julio de 1991, García Márquez protagonizó un discurso para la protección del medio ambiente que puso el foco en la riqueza de la Amazonia: “Por el Amazonas no sólo fluye la quinta parte del agua dulce de la Tierra cada día, sino que la Amazonia es el ecosistema más rico y complejo del mundo y su banco genético el más vasto, donde vive la quinta parte de las especies de pájaros del planeta. El corredor de aves migratorias más poblado de América atraviesa la parte oriental de México, cruza América Central y desemboca en la Amazonia. México y Colombia son dos de los cuatro países con mayor diversidad de flora y fauna del mundo. Pero sólo una acción unitaria, enérgica y perseverante de nuestros gobiernos puede preservar estas riquezas de la catástrofe final.”
También en el discurso en contra de la guerra atómica que pronunció el 6 de agosto de 1986 en Ixtapa, México, dedicó unas palabras de preocupación por la desaparición distópica del pulmón verde de la tierra: “Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sáhara, la vasta Amazonia desaparecerá de la faz del planeta destruida por el granizo, y la era del rock y de los corazones trasplantados estaría de regreso a su infancia glacial.”

Florencia en el Amazonas
La idea surgió tras el estreno en 1991 de la segunda ópera del compositor Daniel Catán, La hija de Rappaccini, basada en la pieza de Octavio Paz con libreto de Juan Tovar. La discípula de García Márquez en ese momento, Marcela Fuentes-Berain, presentó a su maestro la propuesta de que escribiera un libreto para el compositor mexicano. Pero finalmente, el trabajo recayó en sus manos, y ella se inspiró en los mundos mágico-realistas de Gabo para crear Florencia en el Amazonas. La ópera narra la historia de la cantante Florencia Grimaldi, que viaja de incógnito de Leticia, Colombia, a Manaos, Brasil, para actuar en el legendario teatro y reencontrarse con su amado Cristóbal, cazador de mariposas, a quien dejó por seguir su carrera artística. Aunque es original y no se basa en ninguna obra específica de García Márquez, la trama y la ambientación comparten ciertos elementos con El amor en los tiempos del cólera. Sobre esto, Fuentes-Berain explicó en una entrevista con el periodista José Juan de Ávila publicada en Milenio:
“Me divierte mucho que la gente dice: Es que Florencia en el Amazonas es una adaptación de ‘El amor en los tiempos del cólera’. Por favor. Ojalá, ojalá hubiéramos tenido los derechos para adaptarla, no los hubo. Para nada. Yo me basé en cuando Aureliano (en Cien años de soledad) se encuentra el galeón español abandonado en la selva al buscar un camino al mar; en todo lo fluvial de la ópera me basé en la relación de todos los Buendías y otros personajes. La ópera es un homenaje a García Márquez”. La autora del libreto también reveló la influencia del poeta colombiano Álvaro Mutis en la creación de la obra: “Mutis y Gabo eran muy amigos. Álvaro nos dio toda la cuestión de la especificidad del Amazonas: el color del agua cuando hay bagre, que es más arenoso, más de la tierra, del lodo; hay una parte donde están los delfines rosados y ahí toda el agua es rosada; donde hay pirañas el agua es negra…”.
El 25 de octubre de 1996 se abrió el telón del teatro Wortham de Houston para brindar un amazónico homenaje al caribeño escritor:
(Muelle en Leticia, Colombia. Río Amazonas. Principios del siglo XV. Llega Florencia, cubriendo su rostro con una mascada (pañuelo de seda). Los pregoneros ofrecen su mercancía, rica en texturas y colores: granos, frutas, verduras, animales; polvos, aceites, ópalos, esmeraldas y plata)
¡Jarabe para el amor!
¡Compre usted este caimán!
¡Grosellas, grosellas!
¡Las cocadas de piña!
¡Dulces, dulces para la niña!
¡Aguardiente, aguardiente
para darle lustre al diente!

El Caribe amazónico
La dimensión fantástica de la geografía colombiana es parte esencial del universo literario del genio de Aracataca. No sería justo decir que García Márquez pasó por alto la Amazonia. Nunca la convirtió en personaje o escenario, pero formó parte de su imaginario como espacio mítico. En el mar Caribe indomable, en el aire ardiente de la selva colosal de Urabá, en el Macondo aislado del mundo exterior, en aquellos caribeños lugares tan puros que carecen de nombre, allí encontramos el Amazonas; entendido como símbolo de lo indomable, de lo inexplicable, de lo insondable, de lo mágico. Un territorio mental donde lo real y lo irreal se entrelazan, donde las fronteras dejan de existir, donde las leyes de la civilización se disuelven y los mitos cobran vida. Allí donde la naturaleza embriaga los sentidos, empieza el Caribe amazónico de Gabo.

Albert Bonjoch
