En 1913 llegó a Colombia, procedente de Cataluña, el editor, dramaturgo, poeta, narrador, periodista y crítico Ramon Vinyes: el librero de Berga, el hombre que “lo había leído todo», el “sabio catalán” inmortalizado por el premio Nobel Gabriel García Márquez en sus novelas Cien años de soledad y Vivir para contarla.
Poco conocida es la extraordinaria labor de este catalán enamorado de Colombia. Ramon Vinyes i Cluet ha sido demasiadas veces injustamente ignorado, especialmente en su tierra natal. Se dice que partió de Cataluña cansado de que su obra no cuajara entre el público. En una época con gustos opuestos a su teatro regenerador, de carácter literario y poco preocupado con el puro entretenimiento, nuestro sabio catalán abdicó, emprendió las américas con el propósito de huir de la literatura y prosperar dedicándose al comercio. También se comenta que Vinyes llegó a Colombia por casualidad, después de girar un globo terráqueo que frenó con su dedo aplastado encima de Barranquilla. Ya sean casualidades del destino o no, en lo que no hay duda es que aquel mozo encontró de allende los mares una fuente de inspiración para su renacer literario. Cuando se instaló en Barranquilla se encontró con una ciudad que le venía como anillo al dedo. “La nueva Barcelona”, como la llamaba el poeta colombiano Porfirio Barba, era un puerto donde llegaban alemanes, árabes, italianos, judíos y un sinfín de otros emigrantes que iban alimentando la riqueza cultural de una ciudad despreocupada, informal, libertaria, con pocas pretensiones artísticas y pocas tradiciones que respetar, a diferencia de localidades con mayor peso histórico como Bogotá, Cartagena o Santa Marta. Aquella miscelánea de gentes, aquella Barranquilla de caminos polvorientos y nuevas construcciones fue la que vió nacer la librería fundada por Vinyes y su socio, el tambien catalán Xavier Auqué. Aquella librería que guardaba exquisitas exóticas reliquias literarias sirvió de bebedor intelectual y crítico para jóvenes hambrientos de saber. Si bien la librería desapareció por un incendio ocho años después de su inauguración, el recuerdo de ella pervive todavía entre el mundo literario barranquillero.
El escritor García Márquez realizó una deliciosa trasposición ficticia de la librería de Vinyes en la parte final de la novela Cien años de soledad: “Entró en el abigarrado y sombrío local donde apenas había espacio para moverse. Más que una librería, aquella parecía un basurero de libros usados, puestos en desorden en los estantes mellados por el comején, en los rincones amelazados de telaraña, y aun en los espacios que debieron destinarse a los pasadizos. En una larga mesa, también agobiada de mamotretos, el propietario escribía una prosa incansable, con una caligrafía morada, un poco delirante, y en hojas sueltas de cuaderno escolar.” Pero la librería no fue lo único que catapultó a Vinyes a la notoriedad intelectual en la ciudad portuaria. Al “sabio catalán” se le recuerda por ser el impulsor y dinamizador de la revista literaria y filosófica Voces. Lo que podría haberse quedado como una simple publicación provincial sobre libros, alcanzó gran renombre en todo el continente por su carácter innovador, por posicionarse como vehículo de difusión de jóvenes escritores latinoamericanos y mostrador de perlas literarias europeas. En ella colaboraron grandes nombres de la literatura y el periodismo como Julio Gómez de Castro, León de Grieff, Vicente Huidobro, Germán Vargas, o el mismo García Márquez. La trascendencia de Voces en la evolución del periodismo en Colombia, e incluso en Latinoamérica, radica en el jugoso aliño crítico e irónico que Vinyes regaba sobre sus textos. Su lenguaje rebelde, insumiso, mordaz, adelantado para su tiempo, surrealista y libertino no era precisamente de agrado entre la corrupta clase dirigente. Un texto subido de tono bastó para que el Gobernador de la época expulsará a Vinyes de Colombia y lo calificara de “extranjero indeseable”. Regresó a una Cataluña noucentista poco entusiasta con su obra. De hecho, tardó poco tiempo en volver a La Arenosa. Coincidiendo con el estallido de la Guerra Civil española, Vinyes empaquetó sus libros y embarcó en un viaje que lo devolvería a su Colombia querida. El librero de Berga volvió a animar tertulias intelectuales, al estilo de los poetas malditos franceses, con borracheras, parrandas y extravagancias incluidas. Vinyes se convirtió en mentor del Grupo de Barranquilla, en el sabio al que acudían para desenredar disputas intelectuales. Pero la mayor disputa la tenia Vinyes consigo mismo; la nostalgia le corroía por dentro. Padecía en silencio un desarraigo que acabó por convencerlo que lo mejor sería volver a su tierra natal. Y así fue, acabo sus días en una Cataluña castigada por la posguerra, demasiado hambrienta para recordar viejos poetas. Se dice que a los dos días de su muerte, en 1951, llegó a su casa un billete de avión que había comprado para volver a Barranquilla.
Hombre confundido por la nostalgia; sabio de crítica incisiva; amigo de los libros y librero de sus amigos; irónico testigo de los horrores del siglo XX; catalán en Colombia y colombiano en Catalunya;… Ramon Vinyes i Cluet fue, ante todo, sencillamente un amante de la literatura. Quizás el “sabio catalán” no fuera más que el librero que vendió los libros que ayudarían a descifrar los pergaminos de Melquíades en “Cien años de soledad”. Quizás Vinyes no fuera más que el librero que vendió los libros que ayudarían a calentar el motor del engranaje intelectual de Barranquilla. Quizás aquel hombre de cabellera plateada y ojos azules no fuera más que otro amante de Colombia. Lo único cierto es que sin él, la novela tendría otro final.
“Había llegado a Macondo en el esplendor de la compañía bananera, huyendo de una de tantas guerras, y no se le había ocurrido nada más práctico que instalar aquella librería de incunables y ediciones originales en varios idiomas, que los clientes casuales bojeaban con recelo, como si fueran libros de muladar, mientras esperaban el turno para que les interpretaran los sueños en la casa de enfrente (……) Las únicas personas con quienes se relacionó fueron los cuatro amigos, a quienes les cambió por libros los trompos y las cometas, y los puso a leer a Séneca y a Ovidio cuando todavía estaban en la escuela primaria. Trataba a los clásicos con una familiaridad casera, como si todos hubieran sido en alguna época sus compañeros de cuarto, y sabia muchas cosas que simplemente no se debían saber, como que San Agustín usaba debajo del hábito un jubón de lana que no se quitó en catorce años, y que Arnaldo de Vilanova, el nigromante, se volvió impotente desde niño por una mordedura de alacrán. Su fervor por la palabra escrita era una urdimbre de respeto solemne e irreverencia comadrera”.

